Parecía que sería un buen día, no hubo demasiado tráfico hasta la clínica, fácilmente nos hicimos unos 20 minutos, parecía un buen augurio para que no temiera nada. Me notabas nervioso y me ibas agarrando la mano y es como un efecto placebo, pero en verdad sentía que el calor de tu mano me hacía sentir menos nervioso. Recuerdo que cuando me opere el tumor me sentía tan solo, sin nadie que me apoyara en aquel momento difícil, y aunque ahora solamente íbamos a una revisión, me hacías sentir más seguro. Ni siquiera nos habíamos tomado el café y té matutino para llevar el día, por lo que tuve que comprar de la máquina que había ahí cerca de la sala de espera. No había nada de té por lo que te compre un cappuccino con esencia a vainilla para que no lo sintieras tan fuerte. Estuvimos un rato esperando hasta que por fin me llamaron. Me dijeron que ahora me harían una nueva resonancia para asegurarse que el tumor no hubiera vuelto a aparecer, y pruebas de rutina para darme por fin de alta. Después de unas cuantas horas entre miles de pruebas, por fin traían los resultados. La medicina había avanzado tanto que ahora con unas cuantas gotas de sangre, podían detectar todo el genoma de cada persona, pero era increíble que aun el análisis de una resonancia tuviera que tener un proceso tan extenuante. Por fin venia el doctor a darme buenas noticias, me decía que mi recuperación parecía casi milagrosa, porque ya no presentaba los síntomas de una persona que apenas había sido operada, las aberturas que hicieron ya eran casi indetectables, y mi cabello tapaba cualquier rastro de cirugía. Al final me dieron de alta, yo quería abrazar a ese hombre porque sabía que ahora mi plan de hacer un viaje por todo México contigo por fin lo podía ver más concreto. Estaba tan feliz que hasta había olvidado por un segundo la razón de que estuviéramos en ese lugar. Ahí afuera de la clínica te abrazaba y te besaba y tú aunque no parecías estar en desacuerdo te sorprendía mi gran cambio de humor. Te dije que todo era tan perfecto en ese momento que merecía la pena por un cambio de humor y que solamente por eso deberíamos de hacer lo que tu quisieras hoy. Sabía que me arrepentiría en el momento en el que dije esas palabras, porque podrías ser muy exigente, por lo que todo el camino a casa, yo te iba dando ideas para suavizar lo que tal vez tu pensarías. Igual que como fuimos a la casa llegamos a casa. Iba metiendo la llave en aquella puerta de madera cuando veía en tu cara que ya sabias exactamente lo que querías hacer. Con el temor de pensar que sería algo muy grande no dije nada, pero la emoción que tú tenías no se podía callar. Me resignaba y preguntaba qué era lo que habías pensado, y me sorprendía tu respuesta, querías conocer más mi pasado y por lo tanto los lugares que alguna vez significaron mucho para mí. Y me sentí aliviado porque me parecía una muy excelente idea. Los primeros lugares que se me ocurrió enseñarte fueron las escuelas en las cuales estudie y de las cuales me llenaron mucho de varios sentimientos. Primero fuimos al kínder Mirtita al cual entre cuando tenía solamente 5 años y que recuerdo mi primer día con un gran llanto porque me separaron de mi mama. Aún era muy parecido; para poder entrar tuvimos que fingir que queríamos inscribir a nuestro hijo, a ti te dio mucha risa, tal vez porque todavía no pensabas en eso, en nuestros hijos. Era exactamente igual como lo recordaba varios salones y aquel patio que antes me parecía enorme con su pequeño escenario, ahora lo veía más pequeño, creo que cuando eres pequeño el mundo parece un lugar inmenso, pero luego creemos que las cosas inmensas son otras. Te decía de mis primeras experiencias, como la primera niña que me gusto, no sabía ni lo que era el amor, pero sentía algo raro cuando veía a esa niña, que sabría yo en ese entonces. Recuerdo que conocí a dos de mis primeros amigos, y que fueron sus casas las que conocí, aparte de la mía. Te decía que aquí había aprendido a bailar como ruso, o por lo menos lo que por aquí se pensaba que bailarían los cosacos por aquí. Luego fuimos al hospital donde nací, el hospital Satélite, ahí había llegado a este mundo un 24 de julio, pero el hospital había cambiado mucho, tanto que ya era demasiado grande. Hay un pequeño parque frente al hospital al cual mi mama me solía traer a jugar, recuerdo mis primeros momentos ahí jugando con mi mama, y viendo como otros niños también jugaban con sus mamas. Recuerdo mis primeras grandes exploraciones ahí y de un viejo árbol que tenía una de sus ramas torcidas y que había crecido así, recuerdo que al principio me daba miedo, sobre todo porque mi mama me lo infundada, pero una vez conquistada mi primer gran reto, el mundo no me parecía con imposibles. Nos fuimos caminando hasta llegar a la zona azul, aún recuerdo como lucían algunas de las cosas en ese entonces, tenían rejas de aluminio, doradas la mayoría, aun algunas casas tenían esos recuerdos, pero otras ya usaban otros materiales, todo ya era tan diferente. De ahí nos pasamos a lo que sería mi escuela por muchos años, el Centro Escolar Patria, aún tenía ese color café claro y obscuro lo cual hacia que se viera muy fea, y el uniforme como detestaba ese uniforme, lo primero que hacia al llegar a mi casa era ponerme mis shorts y una playera. Usamos la misma treta para poder ver las instalaciones del lugar, aquí si ya era diferente, todas las instalaciones ahora tenían pizarrones eléctricos, los salones de computación eran ahora más grandes y no tan exclusivos para unos, aún recuerdo esas bancas de primaria en las cuales no te discriminaban si eras zurdo o diestro, cosa muy diferente que sentí cuando pase a la secundaria, si de por si es una etapa muy difícil en la vida, cuando uno es el único zurdo de toda su clase, y era uno de los 5 zurdos que existía en la escuela lo hacía sentir a uno todavía más "especial". Fuimos hasta la dirección un lugar que visite un par de veces, y ahí estaba la hija de la directora Hortensia, o como todos la conocíamos "la Tencha" uno de los seres más temidos por un pre adolescente de 13 años, y su hija no se quedaba atrás tenía el mismo carácter que la madre, nos llevaron hasta aquí para que nos platicaran más de la escuela, ahora era trilingüe y el francés era el tercer idioma enseñado. Laura la nueva directora se me quedaba viendo sabiendo que ya me conocía, después de todo ella fue una de mis últimas profesoras de inglés, al final supo que yo había estudiado ahí tantos años y aun así se acordaba bien. Luego fuimos a La Salle la prepa donde me fui conociendo un poco más a mí mismo. Ahí conocí a un par de mis mejores amigos, donde experimente más de cerca el amor, donde conocí a las personas que me llevaron a mis primeras fiestas con alcohol, en ese entonces lo prohibido parecía ser tan necesario para experimentar la vida. Ahí no fueron tan estrictos para dejarnos pasar, y nos veíamos demasiado jóvenes para tener un hijo adolescente. Te enseñaba los lugares donde faltaba a mis primeras clases y donde nos poníamos a jugar domino. Luego pasamos al billar que esta junto a las torres de Satélite al cual nos íbamos de pinta a jugar billar y a veces boliche, recuerdo que este lugar lo visitaba mucho con mi amigo Luis, aquellos tiempos en los que la única preocupación en la vida, era la escuela y aun así no la tomábamos demasiado en serio. Luego íbamos otra vez por Plaza Satélite, uno de los lugares que más había cambiado, ahora donde había un Office Depot, antes había un cine de esos de los que solamente tenía una pantalla, pero esas pantallas eran enormes, antes de que los multiplex fueran la moda, se llamaba el cine Apolo, recuerdo que fui a ver cientos de películas a ese cine, y cuando la película era una clasificación más alta que mi corta edad pudiera ver, me quedaba en casa esperando a que volvieran mi mama y papa pero siempre en espera de que me trajeran una bolsa de palomitas, con eso los perdonaba de que no me pudieran llevar. Luego nos fuimos caminando un poco más, a donde antes solía estar un restaurante de comida china, me acuerdo muy bien de este lugar porque justamente a la entrada había una estatua enorme del Buda que me gustaba frotarle su panza, según los chinos es de buena suerte, pero de lo que más me acuerdo es del diseño del lugar, jamás había conocido el oriente, y en ese entonces no tenía idea en qué lugar se pudiera encontrar China, si solamente el lugar donde vivía me parecía enorme. Los otros lugares con varios recuerdos de mi niñez ya los habíamos visitado estos días, como Chapultepec, Reforma, el Centro, solamente nos faltaba Coyoacán, pero ese lo visitaríamos en estos días, te decía que había un lugar en el cual también había pasado mucho tiempo, iríamos a Palmas ahí por Polanco. Recuerdo que los únicos días en los que podíamos pasar tiempo con mi papa eran los domingos, y él siempre nos llevaba a diferentes sitios a conocer, cosa que tú y yo habíamos estado haciendo en estos días, pero cuando la comida china que conocíamos por la casa cerro, mi papa busco otro lugar, porque al parecer a él le encantaba comer cosas orientales. Y por el conocimos lo que era China Girl, un pequeño lugar de comida china, bastante rica y de la cual recuerdo cientos de veces que fuimos a comer por ahí. Lo más curioso ahí es que ya estaban armados ciertos paquetes en los cuales te traían varios platillos como costillas de cerdo, arroz, Wong tong, ki pao, y otras suculencias chinas. Por lo que pedimos 2 órdenes del no. 3 para probar el cerdo agridulce, recuerdo cuando era niño el simple nombre no me apetecía, aunque nunca lo había probado y ahora era de las cosas que más me encantaba junto al arroz chino. Y para acabar nos sirvieron este té chino, junto a las galletas con una almendra en medio, recuerdo que eso era lo que más me encantaba de niño el postre con el té. Y como rito final de esos domingos en la tarde, pasábamos a una tienda de mascotas que estaba cruzando la calle. Como cualquier niño siempre me gustaron los animales, y me quedaba contemplando lo que ellos hacían, ahora podía ver lo mismo con mis sobrinos, y como esa fascinación la volvía a experimentar a través de sus ojos. Y aun lado pasamos por un café árabe, solamente tomamos una pequeña tasa porque ese café es demasiado fuerte, solamente para probar ya que estábamos ahí. Aún no había cambiado demasiado esa pequeña calle, las casas opulentas se seguían viendo con los guardaespaldas en las entradas. Regresábamos a casa, y sentía que ahora más que nunca te sentías más conectada a mí y me dabas un beso y un gracias porque te había enseñado más de mi pasado, que te había dejado a entrar en lo que era mi pasado. P.D. Si de algo sirve todas las cosas que te dije a ti mientras íbamos por todos esos lugares, solamente tú las sabes. O.M.A
viernes, 25 de diciembre de 2009
Día 10084
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario